La Cuaresma Yaqui en Cócorit! Que devoción religiosa del pueblo.
Estimados bloggers: Otra vez es un placer subir a la web estos artículos culñturales y artísticos. Fui a Cócorit durante la Semana Santa para ver las celebraciones religiosas segun la tradición yaqui, los verdaderos yaquis que sufren y bailan durante la Cuaresma. Que espero que la cultura dominante del "yori" de Cajeme no la estropee pues la quiere asimilar como de su propiedad, pero por lo que observé en El Conti, hay un abismo cultural entre los yaquis de los 8 Pueblos del río Yaqui, Sonora con los yoris de Ciudad Obregón, el canal principal y el río son la barrera que separa a ambas culturas y no el afan de querer tenerlos como parte folklorica de la ciudad, les estamos arrebatando su cultura por así convenir a la inversión y mercado turístico y a las camaras de comercios y hoteleros que no beneficia en nada a los propietarios de estas tradiciones que han luchado por casi 4 siglos por conservarla dentro de su territorio y mundo cultural y artístico.
Arte sonorense en Cajeme y la Cuaresma yaqui de Cócorit.
Uno de los paisajes macondianos que más disfruto en Cajeme es el formado por la perspectiva al oriente, a Cabora y a El Quiriego minutos anteriores del atardecer de ensueño observado desde la estatua al guerrero yaqui Tetabiate, mi héroe favorito: La luna llena plateada situada arriba de la esfera blanca emblemática de la aceitera; las cimas de los lejanos cerros azules de la sierra Oscura cubiertas con matices rojo-anaranjado y morado motivando la intuición por la plástica sonorense. ¡Qué maravilla de paisaje ignoto! Poco admirado por la sociedad que ya no contempla el cielo de Sonora por estar atentos al visor y al velocímetro en el horror del mundo violento y caótico lleno de ficción oropelada.
Así, pensando con un pragmatismo existencial arribé al Foro Permanente de las Artes para observar la exposición “Seis en Tierra Sonorense”, curada por Teresa del Conde, investigadora de la UNAM, de la cual opino, su inconcebible error el situar al maestro Héctor Martínez Arteche en una colectiva, cuando él, por ser el mejor artista de Sonora, merece una exposición individual y siento que el resto de los exponentes, exceptuando tal vez a Helga Krebs, no están a la altura de la belleza plástica de Arteche para compartir una exhibición de arte sonorense. ¡Ni modo, así es el mercado del arte!
Para la mirada y crítica del arte basada en los valores artísticos y estéticos que toda obra debe de tener, de las 35 obras expuestas por seis creadores oriundos y avecindados en Sonora, las mejores obras son:
De Arteche, los óleos figurativos: “La paloma”, formidable prisma blanco con fuerte colorido; “Dualidad”, un cuerpo femenino rubenésco; “Mujer en cobalto”; por el delineado y su color, y “Sol de Verano”, por la luminosidad circular en colores blancos y amarillos con líneas curvilíneas en movimiento evolutivo que motivan la sensibilidad y emociones del espectador por la belleza artecheniana. Me atrevo a mencionar que estas pinturas no son lo mejor de él porque conozco otras pinturas más hermosas que estas.
De Helga Krebs: “Juguetería desconocida”, escogida entre los cuadros y recortes surrealistas y figurativas de una imaginería obesa, diáfana y fantasmal de escenografía teatral; Ethel Cooke nos presentó su serie “La tierra”, a base de dípticos de formato grande abstracto y pequeño figurativo con colorido oscuro y frío sin relación entre ambos, de los cuales, el titulado: “De una distancia a otra no hay”, nos mostró un contorno terrestre visto desde una orbita espacial. De esta artista conozco obras más bellas;
Enrique Vidal, en su “Maniquíes”, nos presentó una bonita figuración de cuerpos desnudos proporcionados y unidos con una fuerte luz en medio del cuadro; de Mario Moreno: “Otoño”, paisaje arbolado o matorral de trazo negro poco descifrable en el espacio inferior del cuadro y un cielo abstracto negruzco y azulado con matices blancas interesantes pero no bellos, y de Paula Martins: “Hay tantas otras cosas”, compuesto de líneas blancas verticales terminadas con matices cálidas un tanto decorativas. El resto de sus cuadros de líneas y formas geométricas no motivaron la contemplación estética por su técnica y figuración.
La gran ausente en esta colectiva, creo yo, es Amelia Miranda; máxima artista del arte cajemense por la belleza de sus paisajes, rostros renacentistas y algunos abstractos que debió ser incluida en substitución de Paula Martins. Omisión por desconocimiento de la historia del arte cajemense.
En el jardín de la galería, Mara Romero, nuestra onceava musa, totalmente vestida de blanco virginal, impresionó por su dramática declamación los poemas: “Las amarras terrestres”, de Abigael Bohórquez; “La raíz del ángel”, de Alfonso Vidal: --La libertad es lo único que no perdemos--; y “Para reposar el circulo”, de Juan Manz: --Amor oceánico todo resentido hasta el naufragio--.
El pasado Sábado de Gloria fui al barrio yaqui del Conti en Cócorit para disfrutar de las celebraciones tradicionales de la Semana Santa, quienes, sin ser actores teatrales o artistas del performance, nos mostraron su fervor y devoción por la vida y muerte de Jesucristo, enseñado por los misioneros jesuitas. Iniciándolas con la procesión de Judas Iscariote por unos 50 chapayecas y medio centenar de Caballeros Negros y Cabos desde la cruz de madera al centro del Conti hasta la puerta del templo, donde pude observar, después de tocar el cuerpo ensangrentado de Jesucristo crucificado en la cruz, varias antiguas imágenes de Santos Patronos y la Virgen de Guadalupe sobre el altar decorado al estilo arte popular vernáculo con hojas verdes de álamo y flores de bugambilia, arrojadas a los fariseos al terminar la Misa “sewa”, (flor) para luego llevar a cabo la quema de las mascaras e instrumentos de madera y proseguir con las danzas de los matachines en el interior del templo y la del venado y pajkolas bajo frondoso árbol yucateco. No perdí la oportunidad de degustar sabrosísimos frijoles muni con hueso y caldo de res y tortillas de harina sobaqueras de la cocina comunal en una enramada que amablemente me invitó el Cabo Mayor Enríquez.
Por el bordo del canal caminé contemplando la fisonomía rural y la arquitectura vernácula, lo crucé, para continuar por calles terregosas de centro histórico mestizo mexicano del ejido Cócorit y los fantásticos bicolores de las fachadas de casas, más bonitos que las tenues matices del Museo de los Yaquis.
En la plaza, me senté en una banca frente al kiosco para leer la Guía de la Cuaresma yaqui y el programa cultural yori, cuando, sentí un toquecito en mi hombro derecho, pensé que tal vez fuese el Chapulín brujo; me lo quité de un manotazo para sentir que era excremento de un chanate parado en la rama de una ceiba arriba de mi. Sorprendido por el natural acto, encausé mis pasos al Centro de Enlace para admirar las obras surrealistas de Edda Chávez y las 50 mascaras de fariseos efectuadas por niños y niñas durante el taller de creatividad.
Poco después, fui a la Peña Cultural en la casona de Las Yayas para saludar a Maria Elena Moreno y observar la muestra de artesanía seri de palo fierro y las curiosidades en piel del mercado Mercajeme, al pasar de nuevo por la plaza, me encontré a la dilecta escritora Rosa Martha Pineda con quien me puse a platicar amenamente sobre arte, literatura y la Escuela de Escritores de Ciudad Obregón, cuando otro chanate me ensució el hombro izquierdo, impredecible acto surreal causándonos mucha risa. Ya de noche, regresé a Cajeme marcado por el destino cocoriteño y oliendo a caca de pájaro y recordando la pintura “El chanatal”, de Arteche. ¡Ahora comprendo porqué los espantan con cohetes para alejarlos de las huertas!
Pie de foto: Danzante venado yaqui al estilo realismo mágico. Acuarela por el arquitecto Francisco Sánchez López.