Museo de los Yaqui en Cócorit, Sonora.

Escrito por arkisanchez 01-01-1970 en General. Comentarios (1)

Estimados bloggers: Un cordial saludos a los que navegan en la red leyendo mis artìculos periódisticos sobre temas reales. Hoy, comparto la algarabia por la apertura del Museo de los Yaquis ant una gran multitud de cultureros, artìstas plásticos del Mayo (Navojoa) y de Cajeme que saludé amistosamente.  

 

El día estuvo fenomenal para observar las panorámicas urbanas desde la ventana de un camión en ruta al pueblo neoclásico de Cócorit, donde me baje en la plaza para sentarme  en mi banca preferida y recordar cuando conviví con ellos en Vícam Pueblo como estudiante  de arquitectura. ¿El motivo? Asistir a la inauguración  del Museo de los Yaquis debido a que el anterior estaba en el sótano de la Biblioteca Pública, Jesús Corral Ruiz, en el centro histórico de Cajeme, localización no apreciada por las autoridades tradicionales de los 8 Pueblos Yaquis, porque creo, pero no estoy seguro; les recordaba el sótano de la Estación Lencho del Ferrocarril Sud Pacífico donde muchas familias estuvieron prisioneras en espera de ser deportados  a Yucatán en vagones del tren.

Llegando a la esquina del museo me dio gusto saludar al escritor costumbrista Abraham Montijo Monge, para quien dibujé la viñeta a la tinta china de la portada de su libro, pero, lamentando su error editorial marcándome como licenciado.

Como ya es costumbre, el corte del listón rojo tuvo más de una hora de retraso por las autoridades e invitados especiales a tan renombrado evento  por el optimismo en el mercado inmobiliario y turismo cultural que vendrá para conocer a la única tribu que detuvo la conquista española con una forma geométrica: la “raya recta de Hornos”, un 4 de octubre de 1533.

Una vez del protocolo oficial entramos al recinto remodelado como museo con tecnología digital y recorrer las exhibiciones descriptivas sobre la historia Yaqui redactada en tres idiomas.

“Los yaquis ya no peleamos con el arco y la flecha, hoy, usamos el mouse (ratón) y el celular para continuar la lucha por conservar nuestras tradiciones y territorio”, señaló el orador a nombre de la autoridad del Pueblo de Cócorit, seguido por  el gobernador Eduardo Bours, quien nos indicó el costo de casi ocho millones de pesos gastados en la casona.

Caminaba rumbo a la cocina bajo una ramada, pero, antes de llegar, saludé a la encantadora regidora Ana Limón y al señor Ricardo Bours Castelo, a quien le indiqué: --Gracias, Ricardo, porque al fin tu proyecto del Museo de los Yaquis   que el gobernador tomó promesa de campaña y programa de gobierno se hizo ya una realidad--. Un tanto sorprendido, me agradeció la distinción, para yo continuar: --Sí,  lo menciono, porque tu fuiste el autor intelectual de este museo--. 

Las señoras yaquis me sirvieron hirviente y exquisito cocido con tortillas sobaqueras de harina  y con plato en mano, me fui a una ramada para sentarme en la silla y mesa para degustar sabroso platillo gourmet étnico, donde minutos antes, se había sentado el gobernador durante la ceremonia protocolaria.

danzante pajkola yaqui

 

Recorrí las instalaciones recordando la distribución espacial de esta casona: La tienda de comestibles transformada en oficina  de ingreso con una televisión encendida y una tienda con mascaras de chivato en venta; la antigua  bodega, hoy es la sala para entretenimiento de la niñez con una lotería en la lengua cahita y rompecabezas con figuras sagradas  de los danzantes venados y pajkolas.

El zaguán anterior transformado es un cuarto negro y azul con una pantalla digital decorado con el mural “Cosmogonía yaqui” y un alto relieve con figuras nativas; la cocina y el comedor de antes, hoy, es una sala con una maqueta de la iglesia de Vícam Pueblo con su espacio para el Conti; junto a ella:  Una fotografía a color de la iglesia restaurada por un proyecto arquitectónico diseñado por mi hace 31 años.

Proseguí el recorrido entre espacios decorados con ramadas tradicionales con figuras femeninas en color café representando a una cocinera y a la curandera con su medicina natural, ataviadas con vestidos originales; un jefe matachín con adornos ceremoniales y los danzantes pajkolas y venado; salí observando las vitrinas con mucha redacción histórica y  pequeñas colecciones de piezas arqueológicas y armas usadas en la guerra de exterminio contra ellos .

Un rifle me recordó la expresión: “Mausser, no; esposo si”, del cuento “Triste Historia del Pajkola Cenobio”, del escritor Francisco Rojas, el cual, según cuenta el profesor Santos García Wikit, se lo plagió el escritor.

El recorrido termina en una galería con una exposición de dibujos infantiles indígenas observado en Álamos e iluminados por vitrales un tanto fuera del tema sin escenas yaquis cotidianas, pertenecen más bien a una casa señorial.

Puedo opinar, desde la perspectiva plástica e historiografía contemporánea critica que la remodelación  de la casona a museo no es la apropiada porque no se respetó el bicolor original de café en los ornamentos arquitectónicos y amarillo ocre de las fachadas cuando la compraron. Principio básico en la reconstrucción de edificios históricos y atractivo arquitectónico de Cócorit.

Noté la falta de un proyecto arquitectónico y supervisión por un profesional en restauración de monumentos históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

La museografía porque parece ser una exposición informativa visual y digital en reducidos aspectos  culturales de la indómita tribu yaqui que un museo por la falta de calidad profesional en algunas de las piezas exhibidas.

Distinguí que el plano del territorio ancestral está equivocado en los linderos sur desde la isla de Lobos al predio de San José; no son los limites por los cuales los yaquis aceptaron la paz  con el general Lázaro Cárdenas en 1937. Error  señalado  en diferentes ocasiones a la socióloga Trinidad Ruiz y al ex museo en Obregón.

Los maniquíes pintados de color café con vestimentas originales  parecen ser más bien rostros indígenas del sur de México que con la tez morena cobrizada yaqui. Sobretodo, las cabelleras pintadas en ese color en vez del color negro

Advertí que la maqueta de la iglesia  de Vícam Pueblo le falta “calidad  museo” porque parece ser un trabajo escolar y es notoria la desproporción entre las medidas de la fachada y la longitud de  la nave central.

En la pintura sobre los muros o en madera, realizado, creo, por el pintor Julio Hernández, no percibí en el colorido vernáculo  distintivo del arte popular y artesanal yaqui ya que su religión es una yuxtaposición  de creencias prehispánicas  naturales y mágicas  con las católicas  de Semana Santa y evangelización jesuita. 

Su intenso colorido y negrura del espacio me recordó una  fiesta hippie de los años 1960: Un cuarto pintado de color azul con techo negro y marmolina brillante decorado con pinturas fosforescentes, la luz negra y una sabana blanca cubriendo una pared para proyectar    transparencia abstractas al ritmo de rock and roll. 

A la bodega le agregaron un chiname de carrizo cubierto de adobe apreciándose  como un  pegoste no integrado a la fachada.

En fin, no me gustó mucho la remodelación que duró cuatro años ni la museografía exhibida tal y como debe de ser un museo de calidad.

 No comprendo la negativa para corregir los errores antes señalados  y no aceptar el hecho  de que el proyecto de remodelación de la iglesia la realizó un cajemense como servicio social en 1976, para recibir el titulo de arquitecto en la Universidad de Guadalajara.

 

Pie de foto: Danzante Pajkola yaqui.

 Francisco Sánchez López es arquitecto, fotógrafo, artista del arte del realismo mágico, ecologista protector de ballenas y delfines en el mar de Cortés, colaborador cultural, cronista y crítico de arte para el suplemento Quehacer Cultural del periódico El Diario del Yaqui, en Ciudad Obregon, Sonora.