Los pioneros olvidados por la historia de Cajeme.
Estimados Bloggers: Que tal! De nuevo por la web, hoy concluyo el relato sobre mis abuelos maternos, los pioneros olvidados del mercado de Cajeme.
¡Toda una vida en los mercados de Cá ájeme!
--Busco los rostros de la infancia/ una sombra del recuerdo... Nos recrea Magda Irma Palomares en su verso “EL Pasado”, durante este clima de cabañuelas en nuestro hábitat. Poesía que me llevó a recordar a mis abuelos maternos, unos de los primeros locatarios de los antiguos mercados y pobladores del barrio de la Capilla de Guadalupe por la calle Durango.
Francisco López Varo desde su arribo al Pueblo de Cajeme en 1928, (el mismo pueblo esgrafiado por el maestro Arteche en sus murales del palacio) y hasta su deceso el 3 de diciembre de 1961, es uno de los “Pioneros olvidados” por la historia oficial cajemense.
Siempre apoyado por su esposa doña Luz (María de la Luz Fraijo Román en su aventura de vida: desde Mocorito, Sinaloa a los campos agrícolas de Arizona y a los mercados de nuestra ciudad, dejando numerosa descendencia y un legado artístico cultural en arquitectura, pintura y artesanías. Según testimonios familiares, don Pancho López, fue un hombre alto de estatura, pelo entrecano, cejas pobladas, labios figurados y bonita sonrisa. Le gustaba vestir con pantalón caqui, camisa blanca, botines, sombrero de palma tipo texana y en invierno su makinof de gruesa lana. Era muy trabajador con jornadas desde las cuatro de la madrugada a las siete de la noche; reservado y corajudo de carácter, medio huraño, estricto con su familia; en ratos agradable y amable con su clientela.
Doña Luz, fue una mujer chaparrita muy guapa, gordita por tantos embarazos, de tez morena clara, le gustaba usar su pelo negro trenzado, vestir a la moda rural sinaloense con blusas, faldas, vestidos, medias y zapatos bajos. Era muy simpática, callada, cordial y según la señora Rosa Armida Ramírez Sánchez: --Mi Nina era una “Alma de Dios”--. Falleció el 13 de septiembre de 1991, en sus treinta años de viudez, nunca contrajo segundas nupcias por el concepto cultural serrano de –Ser mujer de un solo hombre--.
Ambos sacaron adelante a su familia con arduo trabajo en su puesto del mercado moderno inaugurado en 1945, en las ramas de abarrotes, frutas y verduras que abastecía manejando una troquita Ford de redilas blanca, modelo 1944. Al lado de los puestos de doña Genoveva, los Rivera y las tiendas La Pelea y La Libertad. Tuvieron buena clientela local y miembros de la indómita tribu yaqui le compraban quesos, manteca de res y puerco. Al enviudar ella, continuó con el negocio introduciendo la venta de canastas, hierbas medicinales y sus bellas y coloridas coronas de flores de papel para el Día de los Muertos, artesanía manufacturada por ella misma en el mercado o los domingos en casa.
Sin ser curandera, doña Luz, fue una sabia de la herbolaria medicinal del desierto de Sonora, conocimiento empírico perdido para siempre al no recopilar las propiedades curativas de las plantas. Las famosas curanderas yaquis doña María Matus y doña Francisca la recomendaban para surtir sus recetas. Recuerdo la tradición familiar de llevarle comida en una lonchera de peltre o quedarnos a atender el puesto mientras ella descansaba la siesta y cómo me curó de una gastritis con su te de cactus, y cuando un día, la encontré sentada en su silla de madera llorando mucho, unos pelafustanes le había robado las ganancias del día y no tenía para surtir mercancía.
En la década de 1920, la instrucción primaria era hasta el Tercer Grado, pero a su familia les dieron educación e instrucción escolar, ya en el Colegio Espinosa, en la Escuela Rébsamen, en la Carlos M. Callejas y Dworak, en la Escuela Superior de Varones, ya en la Escuela Secundaria Federal # 1, (una foto de mi querida madre y tía la puede ver en el libro Retrospectiva de Cajeme por Sergio Anaya),
Toda la familia trabajó alrededor del mercado, unas en la tienda La Colorada de Porfirio Salomón, en la Botica Central de José Salomón Delgado, en el Gallo Colorado de don Cheto Sánchez, y otros en Banamex y en el negocio de semillas. El entretenimiento y vida social fue limitativo: Matinée en los cines Royal, Lírico, Cinelandia, California, Pític y Cajeme; tardeadas en el Club Olímpico y ventanear en el Club Savoy, tardes de Carnaval y las romerías a la Virgen de Guadalupe. A sus hijas las entregó de “Blanco” en matrimonio católico y don Pancho, como todo buen enamorado de su esposa, le gustaba llevar serenatas a la casa con la Banda Juárez deleitándose con los valses “Luz” y “Sobre las Olas” y las melodías “El Sauce y la Palma”, “Mi Gusto es” y “El Sinaloense”. No participó en política municipal y citadina.
El legado artístico familiar es desafortunadamente intangible: En pintura la perdida es irreparable según relató mi tía Panchita: --Tu mamá Jani tuvo mucho talento para pintar, lo hacia en la escuela porque no la dejaban en la casa; pintó cuadros de paisajes muy bonitos, uno de ellos, fue así: Una cabañita con chimenea y lucecita amarillenta en la ventana en medio de un bosque de cedros verde y negro... Sólo se conservaron tres cuadros chicos que decoraban la casa, los sacaron al lavadero y por la humedad se echaron a perder, los tiraron a la basura para colocar un cuadro que mi amá se sacó en una rifa...--. Respecto a la otra pintora, refirió: --En el comedor había pinturas de bodegones y florales pintados en 1980 por mi hermana Chuyita en Guadalajara donde estudió Arte y Pintura en el IMSS, la reproducción de la Mona Lisa era muy bonita, al morir ella las obras se la llevaron los familiares de su esposo Alberto Ibáñez al Distrito Federal-. También se apreció la poesía, el galardonado poeta Juan Eulogio Guerra Aguiluz regalaba sus poemas en hojas sueltas y en la revista Letras de Sinaloa.
En arquitectura, el legado es una casa de herencia alemana remodelada en 1937, al poblarse el barrio de la Capilla de Guadalupe, la reedificó más bonita y funcional con planta casa colonial de Mocorito, a partir de un largo pasillo desde el porche al patio para ventilación cruzada; muros de adobe y ladrillo y techo de terrado con vigas de madera, loseta de barro y tierra muerta como aislante térmico; introdujo el baño al interior y quitó la vieja hornilla para instalar la nueva estufa de leña y un refrigerador de hielo: --Cada día se compraba media barra de hielo al señor Gonzalo Méndez y leña por la calle Durango--. Refirió mi informante.
La embelleció con un barandal de hierro fundido estilo colonial, ya que don Pancho lo encargó al señor Urrea (de “Mi Tiendita”) y fue realizado en la herrería de don Marcelino en Álamos. Sólo hubo otros dos similares, los del restaurante José Luis y otro por la calle Coahuila y Guerrero. Al porche le puso techo inclinado para teja de barro frente a unos yucatecos plantados por los alemanes. ¡Era muy bonito el barrio de la Capilla de Guadalupe por sus casas y su gente! Es la nostalgia por el pasado poético que jamás volverá.
Pie de foto: El barrio de la Capilla de Guadalupe de Cá ájeme.
Fotografía por el arquitecto Francisco Sánchez López, fotógrafo, artista del arte del realimo mágico y del festival de Álamos, ecologista protector de ballenas en el mar de Cortés y colaborador cultural en crónica y crítca de arte para el suplemento Quehacer Cultural del periódico El Diario del Yaqui y articulista de la revista Yuju Jeeka de APALBA, en Ciudad Obregón, Sonora. Mx.