Don Pancho López y Doña Luz en los mercados de Cajeme.
Estimados Bloggers: Los cordiales. Escribo una corta reseña de la familia López Fraijo en Cajeme, mis orignes en El Alhuey, El Tule y Mocorito, Sinaloa.
Don Pancho y Doña Luz: ¡Toda una vida en los Mercados de Cá ajeme!
¡Feliz crisis! Les deseo mientras estoy asoleándome, como lobo marino, en estas Cabañuelas de nuestro hábitat y leyendo el poema “El Pasado” de la poetisa Magda Irma Palomares, el cual, me motivó a meditar sobre el pasado de mis finados abuelos maternos, comerciantes pioneros en los cuatro mercados que hubo antes del MerCajeme y los primeros residentes del famoso barrio de la Capilla de Guadalupe por su gente, arquitectura y cultura barrial.
Los libros de historia sólo señalan a los pioneros extranjeros y sonorenses con apellidos de abolengo, quienes, -Con arduo trabajo agrícola y rifle al hombro y yaqueros de abolengo—, lograron posición social en la cúspide de la pirámide económica y política en la centenaria estación del ferrocarril Cá ájeme, hoy, Ciudad Obregón, Sonora. La poética del verso, me trajo la idea periodística de escribir sobre la vida y obra de los “Ignorados” por la historia oficial narrada por cronistas, escritores y por la Sonora criolla de Enrique Klause en su programa México Siglo Nuevo de Televisa.
La historiografía crítica contemporánea que cuestiona toda realidad cultural no puede ignorar el hecho histórico de que, en 1927, el Pueblo de Cá ájeme, sólo contaba con 450 habitantes nacionales, nula población indígena y unos 80 extranjeros europeos, asiáticos y norteamericanos, estos últimos, en la cúspide del poliedro de la agricultura expansionista e industrialización de exportación logrando formidables fortunas y el titulo “Los ricos agricultores de Cá ajeme”.
El resto de la población, en la base de la pobreza y nula trascendencia en obras comunitarias o liderazgos políticos durante los 102 años de fundada la ciudad, está formada por el peones, braceros agrícolas, aguadores, leñeros, fayuqueros, obreros y comerciantes junto a miles de mujeres que también dejaron su calcio y nitrógeno cadavérico durante su precaria existencia entre cactus, cardos y vinoramas del desierto de Sonora.
No hay ciudad moderna o pueblo colonial vetusto en México sin su típico mercado; herencia del tianguis azteca y el comercio español renacentista, espejo del consumismo y producción regional y centro socio político costumbrista muy importante para la comunidad que comercializa sus productos. Cá ájeme no es la excepción por sus cuatro mercados municipales a partir de 1924 en diferentes locaciones del actual centro histórico.
En 1928, Francisco López Varo, (don “Pancho López”), su esposa doña Luz y cinco hijos: Alejandra (mi querida madre y pintora), Odilia, Rosario, María de Jesús (pintora) y Doroteo se apearon del tren en la antigua estación de madera, procedían del pueblo mayo de Mocorito en la sierra sinaloense dejando atrás su pasado no prometedor. El, oriundo de El Alhuey, Municipio de Mocorito, hijo del matrimonio de Pedro López y Juliana Varo con otros tres hermanos, Doroteo, Julia y otro de nombre desconocido. A los 18 años de edad se casó con la adolescente de 14 años, María de la Luz Fraijo Román, originaria de El Tule, del mismo municipio e hija de la pareja compuesta por Felipe Fraijo (presumiblemente de Cuba) y Francisca Román, junto a sus hermanas Constanza, Angelita, Silvana y los hermanos José y Jesús.
Después de emplearse como bracero agrícola en Arizona y en la Ciudad de Chicago, Illinois, regresa a Mocorito para dedicarse al comercio de abarrotes. En sus viajes observó, desde las ventanas del tren, la reciente congregación de Cá ájeme (misma vista que tuvo Francisco I Madero) y optó por inmigrar en busca de mejor calidad de vida debido a la situación de pobreza en Sinaloa. Llegando a procrear aquí, a Francisca, Gerardo y 5 o 6 hijos más que no sobrevivieron la mortandad infantil y trascender con 21 nietos, 50 bisnietos y 4 bis-bisnietos.
Residieron primero “Al otro lado de la vía”, en un chiname rentado al señor Escalante por las calles Ferrocarril y No Reelección en el popular barrio del Plano Oriente, trabajó empacando chícharos para la empresa Empacadora del Noroeste del general Álvaro Obregón.
Durante el bombardeo aéreo a nuestra ciudad en el movimiento alzado de La Renovación, tuvo su momento heroico al salvar a toda su apreciada familia de morir por efectos de las bombas: --Mi apá nos sacó de la casa y nos llevó a escondernos a un canal, nos acostó boca abajo sobre los bordos de tierra ocultándonos de los pilotos para que no nos arrojaran sus bombas, los veíamos volar arriba de nosotras--. Es el relato del recuerdo familiar. Y este otro un tanto cómico: --¡Bombardearon la Escuela Dworak!--. Exclamó mi tía Chayito, un medio día de 1979, mientras comíamos; -¿Quiénes: La Liga 23 de Septiembre, el FRAP u otro grupo guerrillero?-. Le inquirimos porque no se notaba nada: --¡No, fue en La Renovación, cuando era niña!--. Contestó, causándonos muchas risas.
La vida de mis abuelos se llevo a cabo en la cuatro mercados que tuvo Cá ájeme, su inicio fue como comisionista ambulante de don Porfirio Salomón vendiendo frutas y verduras de las huertas. Se estableció en el primer mercado con un tendido y mesita, años después, adquirió un puestecito en el mercado “Verde” para vender cebollas de la Quinta Díaz, verdura de los campos del Valle Nuevo y naranjas de la hacienda Nainari. –Mi apá nos llevaba a la huerta de los Obregón, pero nunca conocimos a doña María, viuda del general--. Y a la venta y exportación de plátano desde Estación Ruiz y Tepic, Nayarit, a Nogales y Phoenix, Arizona: --Don Porfirio y nosotras íbamos a la “Dipo” a esperar el tren carguero, jugábamos entre las vías mientras llegaba mi apá con un furgón lleno de pencas verdes de plátano porta limón, manzano (el más gustado por aquí) y macho... Le llevábamos comida, nos dejaba unas pencas y continuaba su viaje al norte--. Me contó mi tía Panchita. Fue mi querida abuela, quien introdujo el apreciado postre del plátano "macho" (o "tepiqueño") tatemado, que la chiquillada de la Durango consumíamos.
En la década de 1930, escaló en el éxito comercial, pronto se hizo locatario de un puesto en el primer mercado municipal de 1931, cambiando su residencia al poniente de la ciudad, en otro chiname por el callejón Argentina y la calle Galeana detrás de la Ferretería Nueva. En 1934, se mudó a los lodazales zoquetes de la calle Durango frente al incipiente Capilla de Guadalupe, al comprarle a unos alemanes desertores de la Real Marina de Guerra que desembarcaron del velero de carga Lasbek en Santa Rosalía, Baja california y después en el Puerto de Guaymas atrapados durante la Primera Guerra Mundial para residir en el Valle Nuevo, al amparo del también aleman conocido como el Viejo Bruss del camp agrícola Ontagota, cercano a ´nuestra ciudad. Una casita rústica o tejaban a medio construir compuesta de un largo zaguán, un porche con mosquitero, un cuarto amplio, la cocina con techo de lámina y piso de piedra. En el patio estaba el baño (cajón de madera) delimitado por unos pinos rompevientos donde la tía Chayito tuvo su gallinero. Continuará...

Fotografía por el arquitecto Francisco Sánchez López.
Fotógrafo, artista del arte del realismo mágico, ecologista protector de ballenas en el mar de Cortés, colaborador cultural en crónica y crítica de arte para el suplemento Quehacer Cultural del periódico El Diario del Yaqui, de Ciudad Obregón. Articulista de la revista Yuju Jeeka de la asociación APALBA.